A propósito de la preocupación generalizada por la inseguridad, la permanente y detallada difusión de hechos y casos en medios de comunicación, repetida y generada, tal vez, por los mismos responsables y encargados de generar políticas públicas para una mejor calidad de vida; entrevistamos a Gabriel Gendelman, psicólogo, psicólogo social quien se ocupa y preocupa en dar y generar otra mirada a nuestra “insegura” realidad.
Cómo deben observarse las violencias sociales sin hablar de la “inseguridad” que nos venden permanentemente algunos medios. Cómo abordamos el tema sin caer en el mismo error, la mirada superficial.
-A ver, estoy en Retiro, un pibe me pide: “¿me das una moneda?” -vení, vamos a tomar un café con leche ; “¿puedo traer a mi hermanito”,- dale, tráelo.
El mayor tiene 10 años, 11… el hermanito 6. Me dice que recién salió de trabajar.
¿Trabajar?
Sí, dice que en Retiro se juntan “los ricos” y que el trabaja para los ricos; que le dicen que se acueste en la vía, con el hermanito, cuando está viniendo el y que “los ricos” apuestan si el tren los agarra o no. Que ellos están ahí y no pueden levantarse mucho antes o los retan, tienen que levantarse con el tren bien cerquita. Cuando andan bien las cosas les dan 10 pesos, sino les dan 5, y agrega: ¿si mi vida no vale nada, por qué la tuya tiene que valer algo? Podemos empezar a hablar desde ahí, si queres.
Otra persona me dice: “Vivo desde siempre en la calle, ando de acá para allá. A veces encuentro algún lugar, alguna changa, algún trabajo transitorio, sino ando de acá para allá y odio a los intelectuales que vienen a verme, que vienen a estudiarme y que nunca tuvieron la posibilidad de saber lo que es esto, porque no saben lo que es estar en la calle. Con todo orgullo yo tengo dieciocho fugas del Instituto de Menores, dieciocho fugas eh! Y siempre he andado de acá para allá. Y tengo una granada en el bolsillo. Tengo una granada llena de odio y ya va a explotar; para todos esos ‘hijos de puta’ yo les voy a hacer explotar la granada en la cara”. ¿Podemos empezar desde acá a hablar de inseguridad?
Esto de “soy un pibe chorro”, ”un pibe de la calle”, “tengo 18 fugas” ¿no es, de alguna manera, buscarse una identidad, pertenencia. Un: ‘aunque sea esto soy algo, alguien’?
-No, no me parece. Me parece que la pregunta por la identidad es la pregunta nuestra, la pregunta dentro de un campo simbólico determinado que tuvimos la idea que la identidad existe, desde algún lugar. Previo a la entrevista hablábamos de tres generaciones de no trabajadores, de gente que venía, hace tiempo ya, atravesada por este estar fuera.
Una de las cosas que estamos trabajando en la cátedra de grupo en la UBA, como definición política, es la de los ‘no aparecidos’. Así como los desaparecidos, esa generación entre 50 y 60 que hoy no está y que dejó un hueco enorme en lo social. Nosotros somos una generación de un poquito después, zafamos por un pelito. Así como está hoy la generación de desaparecidos, después de los excluidos, creo que hoy, estos hijos y nietos de excluidos, segunda, tercera generación de los que fueron echados son no aparecidos. Es decir, no tienen un campo de significación social. No hay lugar y al no haber lugar, la subjetividad no tuvo albergue, no tuvo aparición. Son los no aparecidos sociales, son los que no se preguntan por la identidad, son aquellos para los cuales la vida no es un valor porque el valor de la vida no fue transmitido y nos preguntamos ¿por qué no? Y hablamos de inseguridad…
Cuando me encuentro con un ‘pibe de la calle’ o con estos jóvenes autóctonos tengo la seguridad, -si hablar de inseguridad es el tema- es seguro que tienen hambre, es seguro que no tienen trabajo, es seguro que tienen vivienda precaria, es seguro que están fuera del sistema, es seguro que están fuera del sistema de salud social ni salud comunitaria. Mira cuantas seguridades tengo de estos, que son los supuestos inseguros o generadores de nuestra inseguridad: clase media cotidiana.
Somos unos iluminados que nos damos cuenta de esto y quienes generan políticas públicas están pensando espacios de “contención” para gente de la calle o bajando la edad de imputabilidad.
-La baja de la edad de punibilidad está en un lugar difícil, primero porque los menores están siendo penalizados, no es que la baja de la edad los va a penalizar y hoy no lo están. Hoy están siendo penalizados sin proceso jurídico. O sea, posiblemente bajar la edad sea lo mejor en tanto los pibes van a entrar en un proceso judicial.
¿Quién garantiza la legalidad de ese proceso?
-Es cierto y coincido porque sabemos que los que están presos no lo están por lo que hicieron sino porque lo hicieron mal, porque eran pobres cuando lo hicieron, porque no tuvieron un abogado que los sacara. Es cierto que no hay una respuesta fácil, pero los jóvenes hoy por hoy están siendo penalizados, metidos en un instituto, sin proceso.
Insisto: Si tenemos la certeza de la exclusión social por qué no se aplican políticas de fondo en lugar de buscar ‘culpables’ y ofrecer parches a las problemáticas sociales como la inseguridad, vedette del momento, caballito de batalla de varios/as.
-Posiblemente lo jurídico debería acercarse un poco más al ámbito de la salud mental, creo que nuestros legisladores y nuestros jueces están esquizofrénicos. Perdón, no agrego solución con esto, pero es tan fuerte la escisión de la realidad entre lo que la ley dice y los que dicen los hechos reales y concretos que están atravesando los sujetos que es una situación, hoy, sin una respuesta puntual.
Posiblemente sea muy ingenuo, creo en la prepotencia de trabajo. Que la única acción es la que va transformando cotidianamente, que nada es chiquito. Todo lo que hacemos, aquellos que nos preocupamos por este tipo de subjetividades o que creemos en la posibilidad de una construcción diferente, que alberguen la diferencia, que no le tengan miedo. Yo nunca tengo miedo en el conurbano bonaerense, trabajo con las poblaciones marginales de San Miguel, de José C. Paz que es el municipio más pobre del gran Buenos Aires. Viajo en el trencito de San Martín,- ese donde dice que tiran a la gente- por una cuestión casi de comodidad y de principios; nunca me pasó nada, me pasaron más cosas en otros lugares. Nunca en el Borda me pasó nada, la preocupación está más afuera. Me decía un amigo, interno del Borda: “por suerte los paredones son altos, Gabriel. Te imaginas si se nos cuelan, se los de afuera entran y vienen a crearnos acá el quilombo que viven todos los días allá”.















